Seis municipios de la Región cuentan desde hace años con varios museos dedicados a sus procesiones de Semana Santa, algunos de ellos de las cofradías y otros más institucionales. Murcia cuenta con dos, Lorca con cuatro, Cieza con tres, Jumilla otros tres, y Alhama de Murcia uno, al igual que Yecla.
Si bien es verdad que la trimilenaria cuenta con muchos atractivos turísticos, no es menos cierto que es necesario diversificar la oferta, pues hay que poner en valor también las singularidades de la tradición y religiosidad que supone la semana de pasión de la ciudad portuaria.
De hecho, en 2005 se proyectó el Palacio de Molina como la sede de ese ansiado museo, pero cualquiera que conociera la Semana Santa cartagenera sabía que era pequeño y, por desgracia, sólo sirvió para montar en 2019 una exposición provisional por el 75 aniversario de la procesión del Domingo de Ramos. A pesar de haberse realizado una inversión para hacer el museo, este edificio ha tenido todos los usos menos ese.
Es una pena que incluso desapareciera la exposición que la Agrupación del San Juan Californio tuvo en la Calle Palas, que durante años era la única muestra de nuestras procesiones pero que nunca fue explotada turísticamente.
Este año, el segundo que nos quedamos sin procesiones por la pandemia del coronavirus, debería servir para ganar tiempo en esta carrera de dedicar esfuerzos a coordinarse las cofradías para, sin tener que desvestir los templos de imágenes, hacer un recopilatorio de todo lo que pudiera ser realmente interesante mostrar en ese museo.
De hecho, el Consorcio turístico Cartagena Puerto de Culturas debería de ser el impulsor y gestor de esta iniciativa, que con un buen plan de musealización y financiación autonómica (como han recibido otros museos procesionistas de la Región) o con financiación europea de la que se va a recibir para dinamizar la economía, puedan convertir un edificio histórico de la ciudad, como podría ser la Casa del Niño, en el Museo de la Semana Santa de Cartagena o determinar si es más conveniente crear al menos dos museos independientes, uno de los marrajos y otro de los californios, contado quizás con la transformación del Mercado de la Calle Gisbert, tristemente en decadencia.
Ver los capirotes, nazarenos, granaderos, los armaos y algún trono en una muestra permanente que incluya realidad virtual, sería un elemento más para engrandecer la oferta turística regional.
Todo ello debería de estar complementado por la potenciación de la “ruta cofrade” por los templos de la ciudad en los que se pueden apreciar esculturas de nuestros desfiles pasionales durante los doce meses del año, y cuyos folletos a día de hoy sólo se pueden consultar vía online.
Si Cartagena quiere estar fuertemente preparada para cuando llegue la recuperación del sector turístico, con el boom de viajes que esto va a suponer, debería de haber empezado a trabajar ya en iniciativas como esta que potencien sus oportunidades como puerto home y destino en el que tener que pasar más de una noche.
Pero un museo no es sólo para los turistas. Un museo como este debería servir para potenciar nuestras tradiciones durante todo el año, con actividades que incrementaran el sentimiento procesionista entre las generaciones que vienen, porque es la única forma de que no se pierdan.
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