Más que costumbre es un rasgo típico del carácter español, sobre todo en verano. Eso sí, cada cual sestea a su manera: leyendo el periódico a base de cabezadas o ídem de ídem con un libro entre las manos que, de cuando en cuando, amenaza con caerse.
Soporíferos de primera son ciertos programas de televisión. Escuchar música es relajante. Hay quien duerme en medio del barullo ambiental y quien se mete en el “sobre” con pijama y todo. La siesta es casi imprescindible para madrugadores y mucho más para quiénes convierten, a su capricho, la noche en día y acaban dando tumbos hasta aterrizar forzosamente en la cama.
Este tiempo es también isla de paz donde adentrarse y disfrutar de un privilegiado silencio y poder enfrascarse en una novela, cultivar aficiones, recuperar el estudio o escribir algún que otro artículo de verano.
También es típico de esta época soñar despiertos con el sosiego aparentemente perdido con tantas idas y venidas, encuentros familiares y entre amigos. Será, será que sí somos los únicos “animales descontentos”.
En el fondo no nos cambiaríamos por nadie porque eso es lo nuestro que, al fin y al cabo, se reduce al querer que hace el roce, con frecuencia a base de sobresaltos: un portazo inesperado, gritos de alegría, algún que otro llanto infantil, música traspasando la barrera del sonido, voces y cantos.
Como cada día, trato de encontrar mi espacio casi sin buscarlo. Con mi pequeño portátil atiendo a quien se acerca, convirtiéndose sin saberlo en virtual barra espaciadora, al tiempo que entablamos conversaciones –como suele decirse– sobre lo divino y lo humano que se alargan provocando no sólo que el ordenador muestre su enfado con la pantalla en negro, sino que termine apagándolo hasta mejor ocasión.
La contraseña del verano es estar con quiénes estamos sin depender de ningún teclado. Son muchas las tardes de siesta perdidas y ganadas a un tiempo. Las chicharras desafinan con su canto, marcando el descompás de las primeras horas de la tarde. Mientras la vida parece dormitar, el sol va replegando sus rayos clandestinamente, sorprendiéndonos con la belleza anaranjada del atardecer.
En el horizonte se recuesta el astro rey pincelando cielo y tierra con una espléndida gama de colores ocres. Escribir en esta época es como soñar despiertos, recordando los mejores veranos de nuestra vida, disfrutando la novedad, grande o pequeña, de cada instante.
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