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martes, octubre 26, 2021
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Lo que gritan mientras te matan, importa

Parece de sentido común que nadie debe sufrir por su orientación sexual, su color de piel o sus creencias religiosas. Más sencillo de comprender es que nadie debería perder su vida por el simple hecho de ser, de creer, de sentir. Pues no todas las personas -que no humanos- son capaces de entenderlo. “¡Maricón de mierda!”, eso fue lo último que escuchó Samuel antes ser asesinado por el grupo de personas -entre 7 y 13- que lo acorralaron y apalearon hasta su muerte.

Hay gente que niega que sea un asesinato homófobo, dicen que se debe a la violencia de los agresores, pero que la condición sexual de la víctima no jugaba un papel importante en el crimen. “Maricón”, “puta”, “engendro”… Solo quien nunca ha recibido nunca esos insultos piensan que no importan, que no tienen nada que ver con el motivo por el que odian. A Samuel lo asesinaron al grito de “maricón” porque ese era el motivo por el que lo odiaban. Por ser. Por existir.

Aquellos que piensan que el crimen no está relacionado con su homosexualidad, ¿Qué es necesario para que se defina un asesinato como homófobo? ¿Qué tendrían que haber hecho los matones? ¿Escribir un manifiesto contra las personas LGTBI? Debería dejar de cuestionarse el móvil de la mortal paliza y aceptar que aún queda mucho por recorrer en el camino de los derechos de las minorías. ¿Existiría alguna duda sobre el motivo si el grito hubiera sido “gora ETA” o “Allahu Akbar”? Respondo yo: No.

Las estadísticas del Ministerio del Interior sobre delitos de odio por la orientación sexual o identidad de género señalan que entre 2016 y 2019 (último año del que hay datos) los ataques homófobos pasaron de 169 a 278. Los observatorios LGTBI ofrecen otras cifras bastante superiores, explican, porque el Ministerio no registra las agresiones que no se denuncian. Y no denuncian porque en muchos casos la familia aún no lo sabe, y acudir a los tribunales supone tener que hablar abiertamente sobre el tema. No denuncian por miedo a ser discriminados. En el último mes los medios se han llenado de titulares sobre agresiones homófobas. Un hombre que golpea a una pareja de homosexuales con una porra, un hombre que baja los pantalones y apalea a un joven por portar una bandera arcoíris, nueve personas investigadas por una agresión homófoba en Basauri…

Solo los privilegiados que nunca han tenido que lidiar con esta lacra creen que está todo conseguido o, incluso, que tienen privilegios. La homofobia le ha arrebatado la vida a un chico de 24 años. Una homofobia estructural que en muchos casos encuentra el respaldo en las instituciones. Miles de personas salen a la calle con miedo, reciben insultos, golpes, desprecios, por su mera identidad. La neutralidad entre quien mata y quien pide derechos humanos, tan básicos como la vida, no es una opción. No hay equidistancia posible.

Inma González López
Periodista y redactora. Puedes leerme también en Twitter: @inmagonzalezlop
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