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sábado, diciembre 4, 2021
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El día más alegre de los cementerios. El día de Todos los Santos

Ya está aquí de nuevo la época de boniatos, de membrillo, de granadas, de crisantemos. Época de trabajar para encarar el invierno. Época de recordar que la muerte es parte de la vida, y que la vida pasa rápido, pronto y que aún nos falta mucho por hacer, por aprender y por cambiar.   

 

Muy instaurada ya en Murcia, la fiesta de Halloween opaca una de las tradiciones más auténticas de la zona: el día de Todos los Santos y el Día de Difuntos.

 

Ahora son caramelos y gominolas lo que llenan las barrigas de los niños de la Región, pero antes en este día lo importante era la visita obligada al cementerio para ver a los difuntos de la familia con tus mejores galas. Nada de trucos ni tratos. 

 

Mi abuela ya decía que este día era el día en el que se estrenaba abrigo, era el momento en el que llegaba el frío, y que para oír la Santa Misa en el exterior del cementerio venía estupendo. Ahora muchos somos los que vamos en mangas de camisas con una temperatura nada característica del invierno. 

 

El ritual pasaba antes de generación en generación, un par de días antes se visitaba el campo santo para limpiar las tumbas, quitarles el polvo y tirar las plantas secas. Tras la limpieza venían las flores. Miles de flores de colores, blancas, moradas o amarillas, macetas y ramos decoran las lápidas de los cementerios formando un manto alegre y esperanzador. 

 

Una maravilla caminar el día después del 1 de noviembre por el cementerio y disfrutar de un paseo más calmado, sin gente, solo repleto de olores y colores primaverales y de difuntos que ahora descansan allí tras ser honrados.

 

Muchos mayores aprovechan para caminar por las calles de los cementerios buscando amigos y conocidos, con una risa nostálgica en su cara y contando batallas y anécdotas mientras se acercaban a la foto de la lápida. Tú, simplemente, tenías que estar cerca de ellos mientras escuchabas sus recuerdos que narraban con tanto cariño.  

 

No todo es tristeza en los cementerios, se oyen carcajadas y se producen encuentros de familias que se citan allí para visitar a sus seres queridos. En muchas de estas quedadas se zanjan asuntos del pasado dolorosos, cerrando heridas (con los vivos y con los muertos), para salir del cementerio comenzando desde cero una nueva etapa.

 

De niños jugábamos allí, corriendo y saltando mientras nuestros abuelos realizaban todas las labores de esta ceremonia anual. Otras generaciones (mayores a la mía) ese día se encargaban de recoger la cera sobrante de las velas y acudían al hombre de la puerta del cementerio para que se lo cambiara por regaliz. Pero regaliz de verdad, la que estaba en esas pequeñas ramitas, sin colores estridentes ni texturas amables. El mordisquear ese simple palo para extraer todo su sabor era la mejor recompensa que se podía recibir por ese pequeño gesto. Muchos pequeños deseaban con ansia que llegara este día para poder lograr ese dulce premio.

 

Antes, la muerte era una cosa rutinaria, parte de la vida, no existían tabúes para hablar sobre ella, sobre cómo amortajar a un ser querido o velarle tras fallecer. Estaban acostumbrados a la muerte y a la vida a partes iguales, con tranquilidad, con paz, con calma y sosiego. Ahora hay una fobia extraña a envejecer, a morir, a desaparecer. Quizás porque queremos dejar poso en nuestra vida con cosas extrañas como los seguidores, y no dejar huella con nuestro ejemplo de vida, nuestro trabajo o con actos de bondad y altruismo. 

 

Helena Rodríguez Torres
Periodista y amante de la comunicación, especializándome cada día en RSC. “Hacer preguntas es prueba de que se piensa.” Rabindranath Tagore.
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