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miércoles, septiembre 28, 2022

Afganistán acumula retrocesos y carencias un año después del retorno talibán al poder

Al empeoramiento de los Derechos Humanos se suma una grave crisis humanitaria

El 15 de agosto de 2021, Afganistán retrasó sus relojes 20 años. Dos décadas después de su derrocamiento a manos de las tropas extranjeras encabezadas por Estados Unidos, los talibán recuperaron el poder sin apenas oposición e iniciaron un retroceso político y social que la comunidad internacional no ha logrado frenar ya desde la distancia.

Estados Unidos y los talibán firmaron en febrero de 2020 en Doha (Qatar) el acuerdo que estaba llamado a poner fin a la presencia militar extranjera en Afganistán, en virtud de un plan de repliegue progresivo que terminó por quedar en papel mojado ante unas instituciones políticas frágiles y una insurgencia cada vez más crecida.

Así, los talibán emprendieron una reconquista que, provincia tras provincia, culminó a mediados de agosto de 2021 con la toma formal de Kabul y la huída del entonces presidente, Ashraf Ghani, dando pie a su vez a una apresurada evacuación que dejó escenas de pánico y caos en el aeropuerto internacional de la capital.

Doce meses después, ningún país ha reconocido formalmente a los talibán como los gobernantes legítimos de Afganistán –en la primera etapa sólo lo habían hecho Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Pakistán–, pero la necesidad de llegar a otros acuerdos, por ejemplo para el envío de ayuda, ha abocado a la comunidad internacional a mantener contactos.

En el aeropuerto, ya bajo la bandera del Emirato Islámico talibán, hay vuelos regulares hacia Dubái e Islamabad, mientras que la visita en enero de este año de una delegación del nuevo régimen a Oslo, para mantener conversaciones con otras partes –incluidos representantes de Estados Unidos– puso de manifiesto hasta qué punto había cambiado el escenario.

Todo ello pese a que los talibán apenas han dado muestras de adaptación política y siguen gobernando con los mismos perfiles y doctrinas que 20 años atrás. El régimen, teóricamente provisional, excluye a mujeres y miembros de minorías al tiempo que reserva una nutrida presencia a dirigentes perseguidos por terroristas y miembros de la poderosa red Haqqani.

Persiste el temor colectivo a que Afganistán se convierta de nuevo en un bastión para organizaciones terroristas ya que, pese a la confesa animadversión de los talibán con grupos como Estado Islámico –que opera bajo la filial de Provincia de Jorasán–, sí parecen persistir los lazos que en su día tejió con Al Qaeda el fallecido líder Mahmud Mansur.

No en vano, Ayman al Zawahiri, sucesor de Usama bin Laden al frente de Al Qaeda y en paradero desconocido durante años, murió este mismo mes por un ataque estadounidense en un edificio del centro de Kabul, donde los analistas coinciden en que no podría estar en ningún caso sin la connivencia o al menos el conocimiento de la actual cúpula afgana.

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